Una anormalidad normal

Robert caminaba derecho pero le dolía el ojo izquierdo. Entre la lluvia y con un florero en la mano se dirigía hacia la iglesia del condado. No sabia que hacia ni se atrevía a preguntárselo. Iba directo hacia la catedral de Inglaterra y ni el humo ni el olor a tabaco lograron disuadirlo de su idea.
El decía que era feliz, pero su sonrisa no engañaba ni a un actor hollywoodense de pacotilla. Tenía una enorme pena y se llama Sofía.
Una vez hizo un viaje a Suiza y allí conoció a Joaquín. , un osbreni ucraniano que estaba de paso y que no lograba pronunciar nada en su inglés afrancesado. Era una tarde de abril y hacía mucho calor en aquel edificio sin calefacción. Era extraño. Nadie en el mundo lo sabía, pero aquel era el día más largo de ese año y quizás de esta década.
Robert se quitó el abrigo de invierno que portaba y Melissa, la amiga de Joaquín lo miró de reojo. Ella se había enamorado, sin proponérselo, pero.. esperaba un hijo de otro pero … no se atrevía aún a aceptarlo. De por sí, ni siquiera estaba segura quien era el padre.
Es que hay que decirlo, Robert era un tipo elegante, pero parecía mucho mayor de lo que era. Triste, misterioso pero con un singular olor a menta, que decía… era su dulce favorito.
Ella por interés y el por curiosidad, Joaquín y Melissa terminaron en una misma mesa de tragos, compartiendo secretos de cocteles y cantando canciones tradicionales.
Melissa era peruana pero vivía en Londres desde que su padre, el Juan Morales, se mudo con ellos allá y puso un restaurante en plena capital londinense.
Corrían tiempo buenos, pero un día cálido en invierno, no era algo normal.
Lo normal es que la gente estuviera acostumbrada a lo anormal y, por eso, nadie se inmutó siquiera ese tarde.

...CONTINUARÁ