Hubo un día donde creí que era dueña del mundo. Pero no fue hoy.
Un día donde creía en la amistad sincera, creía en Dios y en la vida y estaba enamorada de estar enamorada de un amor que no existía.
Hubo un día, cierto, pero no fue hoy.
Un día donde el soñar era más importante que el ser. Donde el parecer solo se reservaba para vitrinas llenas de cosas caras que no podía comprar y donde era feliz con un helado de cas y unos cuantos libros de una compra y venta.
Era tan feliz. Fui feliz ese día y muchos otros. Pero no fue hoy.
Entonces fue cuando descubrí que comer no me alimentaba el alma pero añadía minutos a mis sonrisas cada vez más largas.
Descubrí que una mano para cruzar una calle o abrir una puerta daba más apoyo que una escuadra completa de guardaespaldas.
Encontré personas en quien creer y por quien arriesgar y estaba segura de poder llevarlas acuestas o con mis porras al mismísimo umbral de un universo que construiría para ellos, según lo quisieran.
Ese día… y algunos otros, los arcoiris venían en parejas y cambiaban de luz hasta la lluvia más fría. Eran días de pizza y vino, de baile y vodka, de canto y son. Pero también hubo días de limonada caliente para la gripe (con abrigo negro), de cortes y machismos, días bajo el Sol con jinetes sin viandas en una plaza extranjera y días de brindis ceremoniales.
¡!!Complicada esta vida!!!
Un día creí que el mundo era todo mío y me servía … que estaba ahí para conquistarlo pero … entonces fue él quien me conquistó. Me hizo confiar en mis instintos, me hizo despertar cada mañana más temprano para que los minutos contaran.
Él me hizo memorizar un idioma que no era el mío… o varios y me hizo volar y viajar a lo desconocido que conocido se convirtió.
Y reí tanto como no lo creí posible y arriesgué todo… todo, todo y… gané.
Gané palabras para escribir mis nuevas canciones, gané lágrimas para limpiar los ojos llenos de polvos y brisas ajenas y para aclarar la mirada en el futuro.
Gané una vida más consciente, gané amigos de colores y las fotografías mejores de las que una vez alguna persona que me amaba mucho soñó para mí.
Gané tanto… pero también perdí más de lo que jamás temí.
Perdí la inocencia y confianza en que el mundo era feliz con mi presencia. Perdí absolutamente la fe y las ganas de vivir.
Perdí el color y la alegría, la música y el sentimiento. Me perdí a mí misma.
Fue entonces cuando no supe más adonde ir, donde guarecerme de mí misma y de las frustración de fracasar tan rotundamente… y me daba vergüenza mirarme el rostro, uno que por primera vez me parecía ojeroso, aburrido, sin brillo y feo.
Y fue entonces cuando ya no supe más que decir (ningún idioma conocido me parecía suficiente para desahogarme).
Fue entonces cuando me daba lo mismo las horas, los minutos o los días porque los quería todos vacíos de mí y mis culpas. El dinero ahora era necesario y nada de lo que hacía me permitía obtenerlo.
Sentí tanta vergüenza de ser pobre, además de fea e idiota que no quería vivir.
Y un día me levante y no estaban las flores que una vez planté. No había mariposas ni serpientes, ni doctores ni arquitectura fina. No estaba siquiera un mapamundi para soñar. No había música.
‘Nada germina en la oscuridad’, me dije y me sentí aún más débil.
Pero el tiempo pasaba y aprendí a soportarlo pensando que lo merecía todo así. Viví habituada a una celda que construí con miedo a cometer más errores y dentro de mi auto-purgatorio conversaba con los sueños que ya no tenía, soñaba con los rostros que me torturaban, lloraba las cosas que no hice o dije y buscaba construir ilusiones nuevas que nunca llegaron.
Pensé realmente en morir. Le pedí a cualquier cosa allá ‘en el cielo’ que me evitara la pena de seguir haciendo el ridículo con esta actuación de vida que era pura máscara y cáscara cubriendo mares de tristeza.
Y espere paciente el final, llevando sonrisas a quienes me querían. Pero hasta me cansé de fingir. Ni moría ni crecía y me entonces me seguí arrastrando con mi sonrisa sobreactuada: una que iba de la carcajada al odio, de la vida al miedo, del bochorno al doloroso silencio.
No dormir, no comer, no leer, no comunicarme. Ese se convirtió sin querer en mi lema y para todo había razones. Viajes es autobús, poco dinero, cansancio, teléfono descompuesto, agotamiento y falta de tiempo. Todo verdad, todo menos yo misma.
Me transformé en la historia que no le contaría a nadie para no matarlo de aburrimiento y me dolía recordar las palabras y sentimientos de cuando fui feliz. Veía fotos y lloraba, comía y vomitaba. Estaba tan sola como creí que lo merecía y autocompadeciéndome por las distancias que provoqué y que ya me habían advertido.
Y entonces de verdad decidí morir. Tomé un cuchillo y empecé a hacerle filo. No quería dejar dudas, necesitaba una única incisión: rápida y certera. Una que acabara de una sola vez con todo.
Lloré y me despedí de las pocas ilusiones que me acordaba que alguna vez tuve. Repasé las imágenes de felicidad absoluta que sabía había vivido, me bebí una botella completa de vodka o quizá dos, me tragué todas mis frustraciones en cápsulas y luego las vomité y las dejé ir.
(…)
Pero entonces decidí nacer, consciente de que esta vez iba a ser más difícil que nunca. No llegaría de 6 meses sino de 28 años. No sería ingenua ni tendría la disposición sana y natural de perdonar sino de odiar y desconfiar.
Pero igual decidí intentarlo. Tomé las valijas de las muy muy pocas cosas que todavía me importaban. Saqué el violín del estuche de la depresión donde lo había metido y me puse los tennis de fútbol para entrarle con los tacos de frente a la vida y a quienes les permití dañármela.
Decidí dejar el papel de víctima al que tan cómodamente me había adaptado con tal de justificar mi enojo conmigo misma y mi miedo a amar y empecé de nuevo a renquear intentando caminar erguida (con todos los callos y ampollas viejas).
En esas estoy. Y la verdad es que me canso cada día y lloro muy seguido.
La verdad es que hoy extraño profundamente la voz sana que antes tenía para hablar de Dios y de la esperanza, extraño la alegría que me salía del hígado y que dejé morir por no saber como controlarla.
Extraño también mis ganas de vivir, de cantar, hablar por teléfono, bailar y besar. Extraño la ilusión de divagar horas tras una sonrisa de un perfecto desconocido.
Pero intento vivir, o más bien sobrevivir, desde hace muy pocos días, pero lo estoy intentando de nuevo.
Ya sé que nada en la vida se recupera y aunque me dicen que hasta los ríos se devuelven, yo sé que aunque así fuera el agua no es la misma porque la contaminación hace estragos en todos y cada uno de los afluentes.
No soy feliz hoy, como alguna vez sé que lo fui. No siento las mismas ganas de reírme de todo y ni siquiera me anima mucho la idea de despertarme por la mañana para ir a trabajar.
No tengo muchas ilusiones. Pero hoy, a diferencia de antes, tengo más confianza en que las cosas van a mejorar y estoy dispuesta a morir intentándolo y no, como antes, a intentar morir.
No sé porqué he tenido que pasar por todo esto. Del frío al calor, de la amistad a la soledad ni de la empatía al repudio y viceversa. Realmente no lo entiendo y me enoja.
No sé nada de nada, solo sé que talvez nunca controlé el mundo como creí y hasta he llegado a pensar que es simplemente un asunto de equilibrio global. Ya me habían dado mucho de lo bueno y como me di la gran cena… seguro me tocaba quedarme sin postre en esta comida…. Pero habrá otras más… lo sé.
No sé… realmente nada! Pero intentaré averiguar y ser humilde para reconocer que sí, me he equivocado y fallado, pero que es tiempo de rectificar y empezar nadar…
Ya me cansé de flotar mal y la verdad, ya tampoco me quiero ahogar. Más bien, tengo planes hasta de aprender a bucear para poder ver cosas bellas cuando sienta que me estoy hundiendo de nuevo.
(…) Hubo un día donde creí que era feliz, pero no fue ayer ni tampoco hoy. Solo espero que sea mañana o talvez la próxima semana y poder presentarme honestamente y sin penas a brindar con los que amo.
Nayuribe
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Hace 5 años
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